El síndrome de Solomon

Leo en El País un artículo en la sección de psicología titulado: el síndrome de Solomon. Este síndrome fue detectado años atrás, en un estudio (no os aburriré con los pormenores) donde las “cobayas” confirmaron lo que l@s antropólog@s, psicólog@s e prehistoriador@s llevamos años sospechando: la presión que el grupo ejerce sobre los individuos. Este estudio expuso que ante una respuesta obvia, una respuesta ante la que estamos seguras de ser cierta, podemos, como personas, decir otra respuesta para no desentonar en el grupo.

O lo que es lo mismo: se demostró que para ser aceptadas en el grupo, para no destacar, dudamos incluso de nuestros sentidos y apoyamos la respuesta mayoritaria del grupo para no actuar en solitario. El síndrome de Solomon se define como esas ocasiones en las que tomamos decisiones o adoptamos comportamientos para evitar sobresalir, destacar o brillar. También cuando nos boicoteamos para no salir del camino trillado por el que va la mayoría.

¿No os suena de algo? Sabemos que somos simios sociales, que no somos islas y que si tragamos con cosas que detestamos es en muchas ocasiones, para pertenecer al grupo. He llegado a conocer a personas, tanto hombres como mujeres, capaces de cambiar de opinión (o parecer que lo hacen) para no desencajar en el grupo, para estar en el grupo. Incluso cambiar su carácter en la presencia de un grupo y ser otra en el ámbito privado. La presión social es tan grande, las ganas de encajar tan fuertes, que las personas mentimos, o no nos sentimos libres de decir la nuestra. Todo por la integración. Todo, por como dice Elsa Punset, seguir la enseñanza de la manada.

La hierba que crece más alta que el resto hay que cortarla para que no desentone y se quede a la altura de las demás. Quizá sea ese el miedo de no contener nuestro pensamiento: el miedo a que nuestra cabeza sea segada.

Este estudio fue hecho por un psicólogo, varón (Solomon Asch) en 1951, pero… ¿no llevamos las mujeres toooooda la Historia escuchando esta cantinela? Nos lo han dicho, nos lo han dicho por activa y por pasiva: nos lo ha dicho la Biblia (quizá de una forma más bestia aún: la mujer no tiene voz ni voto con lo cual no hay forma de que destaque), nos lo ha dicho el cine (¿en cuántas películas la mujer calla para no destacar?), nos lo ha dicho la literatura: desde autoras femeninas, como Elisabeth Gaskell, cuya Molly de Hijas y esposas está continuamente mordiéndose la lengua porque las chicas no han de decir según qué cosas, ni pensar, ni mucho menos mostrar interés hacia el estudio o la enseñanza. Ni hablemos de ser una chica curiosa por querer leer o saber de qué va el mundo.

¿Tienes miedo a brillar?
¿Tienes miedo a brillar?

Lo que sucede es que en el caso femenino esa pesada losa ha caído con más fuerza que la simple presión de grupo. Me río yo de la presión de la presión de grupo de las “cobayas” del señor Asch. Las mujeres llevamos siglos sabiendo que nuestra cabeza no puede estar más alta que la de las demás: la presión del grupo es una presión de género que se extiende a mayores latitudes que el grupo social: porque a un hombre no se le va a tratar de “novio de”, Tania Sánchez ha sido mil veces etiquetada como “novia de”, porque la presión cae en forma de comparsa. ¿Y no sucede hoy día, incluso, que muchas mujeres casadas son la “señora de” su señor esposo y no al contrario? Ahí sigue la presión.

Y aunque esto parezca poco, que nadie crea que lo es: porque la presión social a la mujer ha hecho que muchas se vean presionadas para hacer una vida que ha de ser la feliz: buscar marido, buscar piso, buscar un bebé y someterse a la vida familiar. Sin rechistar. La presión social hacia la mujer crece y crece, porque la mujer no puede renunciar: no puede ser mala madre o mala esposa, no puede ser mala empleada. La mujer lo ha de ser todo. Y además estar buena. La presión de grupo se hace más y más grande y muchas mujeres no alzan su voz. Se estrellan bajo un cúmulo de deseos pisoteados por la presión que hacia su sexo se crea, incluso desde lugares ajenos a ella. Porque no necesitamos ya de una familia que nos recuerde que no tenemos novio, sino que cuando vayamos a cualquier empleo, muchos creerán que por ser mujer valemos menos y ejercerán sobre nosotras una presión que se rige en el simple hecho de ser hombre o mujer.

Sino, recordemos aquel momento en el casting de la segunda edición de Masterchef, cuando una joven aspirante vio como su padre le callaba la boca delante de media España diciendo que su hija no sería cocinera porque de mayor formaría una familia y tendría que cocinar para ella y no estar por ahí, a horas intempestivas.

4 comentarios en “El síndrome de Solomon

  1. El grupo lo es todo, inconscientemente nuestro sometimiento al grupo está muy acentuado. Antaño el castigo más horrible era el destierro del grupo, ya que salir de él, fuera de la tribu, significaba la muerte segura. La mujer todavía está más sometida, la única forma de que se escuche su voz es que tome el poder.

  2. ¡Fantástico tu artículo! Gracias por la reflexión. Lo peor es que lo que comentas está tan interiorizado que, muchas veces, nadie se da cuenta de esa presión ejercida sobre la mujer y la encuentra (la encontramos) de lo más normal y cuando no, es aplicable el síndrome Solomon y preferimos callar o cerrar los ojos. ¡Hay mucho por hacer todavía!

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