Me fui pero siempre estuve aquí

Qué emoción volver a escribir después de años. Casi que podría usar el “decíamos ayer”.

Cerré el blog por razones personales pero eso no significa que me olvidara de él. Ha estado siempre ahí, esperando el momento. No sé si el momento ha llegado, pero aquí estoy. Dirigiéndome a vosotr@s, a quien me quiera oír. Después de tanto tiempo.

Nunca he dejado la lucha. A veces la lucha necesita otros canales. Hoy más que nunca la lucha nos necesita. Sigamos combatiendo como si no hubiera mañana.

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Incongruencias del sexo masculino

Leo en una revista española dirigida al público femenino, de tirada nacional, un artículo sobre los problemas masculinos en el sexo. Sí. A veces leo estas revistas. Te ayudan mucho a construir el pensamiento feminista del siglo XXI.

El artículo no decepciona y voy a diseccionar una parte de él porque se presta a bastantes comentarios.

Lo primero que nos dice es que los hombres están necesitados de su propia revolución sexual, ya que se han cargado de mitos y tópicos que no todos cumplen. Bien: sé que hay muchos hombres que no encajan con el estereotipo, pero que el hombre, en general, necesite una revolución sexual, lo pongo en cuarentena. ¿Acaso se le ha negado el derecho al orgasmo? ¿Acaso le han hecho creer que su placer es pecado? ¿Acaso se ha sometido a la tiranía del sexo que haya impuesto la mujer? ¿Acaso no han vivido su sexualidad plenamente, teniendo a una esposa para el sexo conyugal y amantes para el sexo ocasional? ¿Acaso han vivido callados, limitados o su sexo es cercenado en algún país del mundo? El sexo se ha construido siempre a partir del deseo masculino desatendiendo por completo el femenino, así que no sé qué revolución quieren. Supongo que pedirán derribar los tópicos: que ellos siempre quieren hacerlo, que siempre piensan en eso, que siempre están con el arma cargada. O lo que es lo mismo: algunas ideas sociales que nunca les han privado la libertad de tener sexo cuando quieran. Ideas. Prototipos que en muchas ocasiones han creado los mismos hombres porque hasta hace dos días, a las mujeres nunca se nos ha preguntado por nada.

Pero sigamos leyendo porque lo fuerte está por llegar.

impotencia

Apunta un psicólogo que a su consulta llegan muchos hombres con un problema: que se sienten descolocados por el cambio de roles que ha producido en las relaciones sexuales y que como somos las mujeres las que llevamos la voz cantante, no saben cómo actuar. Dice el artículo literalmente que: el empoderamiento femenino les afecta. Que se “enfrentan a mujeres con experiencia y eso les intimida… se sienten frustrados y se creen peores”.

A ver si habéis llegado a la misma conclusión que yo: resulta que hay hombres que van al psicólogo porque no saben cómo tratar con mujeres con experiencia, que saben lo que quieren y que no se dejan llevar al 100% por los caprichos de él. O sea: hombres que no saben cómo actuar ante una mujer decidida. Hombres que se quejan de que han sido destronados de su pedestal de hombre macho y que ya no saben qué hacer.

¿Veis la contradicción? Empieza el artículo diciendo que los hombres necesitan su revolución y como leemos en él, la revolución pasa por quitarse prejuicios de encima y poder hablar sin tapujos de los problemas de su sexualidad, de liberarse de la presión de estar pensando todo el rato en el sexo y demás. Pero resulta que van hombres al psicólogo llorando porque no saben cómo tratar a una mujer liberada. ¿Es eso, no? En conjunto, resulta patético.

Fuera del artículo y como muchas sabemos, los hombres siempre se han ido quejando de esas mujeres tradicionales, que quieren sexo tradicional, que no querían probar cosas nuevas, que ven en el porno a Satán reencarnado y que no les dan lo que quieren. Pero saber lo que quieres pasa por decidir y sobre todo: pedir. Algo para lo que estos chicos no están preparados, a raíz de lo que se desprende del artículo. Aquí la segunda contradicción: los hombres, siempre se han quejado de que las mujeres no vivían del sexo con plenitud, ahora que llega la liberación, es un problema para ellos. Pero no os engañéis: el problema no es que las mujeres quieran más sexo, el problema es que ellos no quieren que la mujer lleve la iniciativa y sepa lo que quieren. Ellos desean a una guarra, capaz de cumplir todas sus fantasías, pero que no hable. Así de simple.

La tercera contradicción es que en las revistas femeninas siempre nos dicen que hemos de llevar la iniciativa y liberarnos y toda esa historia pero ahora nos dicen que los hombres tienen miedo de eso. Que todo queda sobre el papel, que en la vida privada de cada una todo va a su ritmo y a su manera, pero para las revistas esto supone toda una historia. Mientras un mes te dicen que sean una zorra sin piedad, al siguiente que los hombres tienen miedo de ti. Que el resumen un poco, es lo que ya he dicho: sé una guarra, pero una guarra callada.

Y así están las cosas en el tema del sexo masculino. No sé cómo lo veis. No soy una experta en la sexualidad masculina (líbreme Dios) pero como mujer potencial lectora de este tipo de información y feminista, me indigna que estos artículo sigan poniendo en jaque que la liberación femenina es mala para los hombres.

 

 

Hablemos del bolso masculino

Hablemos de moda. Rocemos el límite de los superficial para adentrarnos en un tema, aparentemente menor, pero profundamente desigual. Desde el famoso “los hombres no lloran” hasta cualquier tópico de machitos que os podáis imaginar, tenemos grabada a fuego la imagen ideal del hombre occidental: un señor que no cruza ni un ápice la línea hacia lo “femenino” no sea que le salga pluma. Hace años, alguien comenzó a popularizar el rosa en la ropa masculina (polos, camisetas, bermudas) y aún hay muchos que se niegan a ponerse nada de ese color por ser algo “de chicas”. Pero la moda avanza y ya sea por romper barreras o por hacer más caja, ahora, algunos valientes se han lanzado a la calle con bolso. Ha nacido el bolso masculino. Te esperábamos.

La revista S moda dedicaba en su versión en papel un artículo a este complemento subtitulándolo: ¿objeto de mofa o de culto? y nos explicaba que más allá de la burla, el bolso se ha convertido en un toda una sorpresa en la industria del lujo.

¿Por qué es un tema desigual? Las mujeres me comprenderán: ¿cuántas veces algún hombre os ha pedido que le llevéis en vuestro bolso alguna cosa? Al margen de que lo hayáis hecho o no, me juego lo que queráis a que alguna vez os lo han pedido. Es inútil contestar: lleva tu propio bolso. Inútil porque ellos siempre contestas “el bolso es cosa de mujeres”. Así que nos hemos visto cargadas durante años con cosas de los hombres porque ellos no podían llevar un bolsito no sea que se volvieran mariquitas. La mujer, esa gran mula de carga.

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No es de extrañar esta asociación en la cabeza de los machitos: le bolso masculino en nuestro país se ha llamado siempre mariconera y no logro imaginar por qué (permitidme la ironía). El hombre no lleva bolso porque es de maricones pero carga a la mujer con sus trastos por ir él cómodo, aprovechando que la mujer no se queja de nada y no le importa ir más pesada y cargada.

Quizá no sea este uno de los temas candentes del feminismo pero seguro que no hay mujer que no se hay quejado. Así que ni que sea por ese micro machismo de toda la vida, la mujer-mula, aplaudamos al bolso masculino. Apoyemos que los hombres no tengan vergüenza ni prejuicios a la hora de usar un complemento hasta ahora reservado a las mujeres. Aplaudamos a quienes lo usan, a quienes salen de casa luciendo uno y no tengan miedo a crear dudas sobre su masculinidad.

Las respuestas feministas a las críticas machistas

Son muchos los hombres y las mujeres que nos dicen que las feministas hablamos mucho pero que ante según qué temas nos callamos o nos subimos al tren del hembrismo. Así que hoy quiero tomar la iniciativa y responder con sinceridad a esas críticas machistas, sin tapujos y con total transparencia. Porque si hay un reproche, una pregunta o una acusación, respondamos:

  1. Mucho feminismo pero bien que os gusta ir a la discoteca y no pagar. De eso no os quejáis. Yo he entrado en discotecas sin pagar, mientras los chicos sí que lo hacían. Tenía 16 o 17 años y a veces sucedía: nosotras entrábamos gratis, ellos se quedaban en la entrada, sacando las carteras. Al principio pensaba que ellos lo que hacían era pagar las consumiciones por adelantado. ¡Qué sé yo! Tampoco me lo pregunté nunca, ya me iba bien. Yo no tenía un duro y no pagaba por divertirme. Creí que incluso era un trato de favor hacia las mujeres. Nadie, ni yo, ponía en duda semejante práctica. Con el tiempo lo comprendí: el pollo tampoco paga por ser el plato del día. Y tú no eres más que eso: el plato del día de la discoteca. Una vez comprendido, jamás he vuelto a aceptar esta premisa. Pero necesitamos que las chicas lo sepan. ¿Nos ayudas? ¿Cómo? Niégate como hombre a participar en este tipo de fiestas. También puedes colaborar.
  2. El feminismo se acaba cuando hay que abrir un tarro. Cuando he de abrir un tarro cojo un cuchillo de punta redonda, hago palanca en la tapa y creando aire, ya lo puedo abrir. Si aun así no hay manera, pido ayuda, a quien tenga alrededor: hombre o mujer. ¿Qué tiene que ver el feminismo con necesitar ayuda? Pedir ayuda no te hace un ser humano débil.
  3. Mucho feminismo pero lo que queréis es una buena polla. Una buena polla o un buen coño. O los dos. Eso va gusto de cada una. Feminismo no es igual de odiar a los hombres y querer disfrutar de buen sexo es quizá, una de las reivindicaciones más feministas. Pero claro, si queremos polla es igual que querer someternos a un hombre ¿no?
  4. Las leyes de custodia en los divorcios benefician sólo a las mujeres. Es cierto. Y estoy totalmente en contra. Porque en las custodias de las y los menores, el principal beneficiario debería ser la hija o el hijo. Ni por ser la madre lo vas a cuidar mejor ni ser el padre significa que no sabrás qué hacer con un bebé. Cada caso ha de ser valorado individualmente y hacer lo mejor para las y los menores. A veces será estar con su padre, otras con su madre. Hay que romper ya con las leyes que dicen que por ser mujeres ya nos tenemos que quedar con la custodia directamente y el hombre se dedique a pagar.imagesRWWMTZ1H
  5. La mayoría de denuncias por violencia de género son falsas. Sólo un 0,05% de las denuncias son falsas. No lo digo yo, son datos oficiales. Pero las hay, es cierto. Yo no conozco personalmente a ninguna mujer que haya denunciado violencia de género. La única que conozco, fue una denuncia falsa. Así que sí, las hay, conozco un caso de primera mano, pero representan sólo un 0,05% del total.
  6. Os estáis cargando los valores tradicionales de la familia y la feminidad. No creo que nos estemos cargando nada. Las directrices femeninas han sido siempre trazadas por los hombres (echad un ojo a las grandes obras de la civilización) sin preguntar a las mujeres. Así que sólo estamos pidiendo lo que es nuestro. Además, hay que aceptar que los tiempos cambian y si queréis volver al pasado, volvamos con todo: quitemos el estatuto de los trabajadores, la sanidad gratuita… seguro que tampoco importa eso si lo primero es preservar la tradición.
  7. Sois todas muy feas y tenéis envidia de las guapas. Error. El feminismo defiende y sabe que la belleza se presenta de mil formas, en cada tipo de mujer, sin hacer caso de un valor estándar. Fuera de vuestra imagen de mujer perfecta 90-60-90, nosotras vemos un millón de tipos de belleza, en cualquier mujer, sea como sea. Así que no, no sentimos envidia de nadie porque todas, cada una en su individualidad, somos preciosas.
  8. Si sois feministas no os podéis maquillar ni vestir de forma sexy. No entiendo qué tiene que ver una cosa con la otra. Salvo que creáis que por arreglarnos vamos pidiendo que nos violen. Si creéis que una mujer para que se respete no puede maquillarse, vamos a tener que volver a releer el Libro de Petete del feminismo.
  9. Lo que sois es feminazis. Es cierto: porque pedir la igualdad de derechos para las mujeres nos equipara a aquellos que mataron en cámaras de gas a miles de personas. Además, Hitler nos da su aprobación, ¡¿qué más queremos?!wpid-img-20150301-wa0000.jpg
  10. Os queréis meter en cosas de hombres. Fútbol, coches, política… lo que sea. No sabía yo que los deportes se juegan con los genitales o que el coche se conduce con el escroto. Aunque sería divertido.
  11. Ya no sabemos cómo comportarnos con vosotras. No se os puede tratar con caballerosidad. Y atención a este punto porque si un día una mujer os dice que eso es anti feminista, le podéis remitir a este artículo que yo les respondo. ¿Si dejáis pasar a un colega antes que vosotros en un ascensor, no es educación? Pues lo mismo con la mujer. No es caballerosidad, es educación. Y con nosotras podéis tener la que queráis de la misma forma que nosotras la tendremos con vosotros. Ya sea llenarnos la copa, ofrecernos la última croqueta o abrirnos la puerta, lo aceptaremos de buen grado. Si a un colega le dejas tu mejor sitio del sofá al invitarle a casa ¿qué hay de malo en hacerlo a una mujer? La educación o la generosidad nunca ha estado reñida con el feminismo.
  12. ¿Y por qué no el día del hombre? El día que cobréis menos, el día que os maten por ser hombres, el día que os llamen “monstruo” por no querer hijos, el día que os obliguen a parir por ley, el día que os sintáis oprimidos en vuestros derechos básicos por el sistema, el día que hagáis estadísticamente más horas de trabajo del hogar que una mujer, el día que la religión os diga que todo lo que hagáis fuera del hogar es pecado, el día que vuestros derechos como seres humanos sean pisoteados en todos los rincones del planeta, haremos el día del hombre. Y seremos las feministas las primeras que grabaremos ese día en el calendario mundial. Prometido.

Caer en la trampa. La mujer moldeada.

En el capítulo de ayer de una famosa serie española que transcurre en época franquista, un personaje masculino le dice a otro personaje masculino mientras toman una copa en un elegante bar: “las mujeres son tan absorbentes, han de entender que los hombres necesitamos nuestro espacio” y ríen. Quizá encuentran gracioso quejarse del modelo de mujer que ellos mismos han creado.

Históricamente, el hombre ha sido lo que ha querido ser: ha sido fuerte, ha sido valiente, un héroe. Ha sido un padre poco interesado por la camada y eso estaba bien porque él decidió seguir la vida lejos del cuidado de la prole. Ha sido inteligente, ha sido estudioso, ha sido el cabeza de familia. Si ha querido ha sido soltero y si ha querido, ha sido marido, pero sin muchas exigencias. Ha sido explorador, escritor, científico, intelectual, putero o borracho. Ha sido lo que ha querido y ha estado bien pues el hombre, por el mero hecho de tener testículos, ha tenido acceso a uno de los mayores bienes de la vida: la libertad de ser quien quieres ser.

En la otra cara de la monera está la mujer: la mujer sólo ha sido hija, esposa, madre, abuela. Nada que se escape de la esfera familiar. Pero además, a la mujer se le ha dotado de un rol, un rol impuesto desde afuera. Tan impuesto ha sido que se han escrito decenas de volúmenes sobre cómo ha de ser una buena mujer. Si fuera nuestra naturaleza ¿sería necesario inundarnos a manuales de conducta si nuestra conducta fuera la que nos han querido imponer? Entre estos mandamientos, lo que ya sabemos: la mujer ha de ser: buena, atenta, una tienda abierta 24 horas para CUALQUIER necesidad, callada, agradable, sonriente, elegante, nunca demostrar su sexualidad, dispuesta, dulce, complaciente, sumisa (muy importante) abnegada, familiar. Y no sigo más.

Anuncio de mediados del siglo XX
Anuncio de mediados del siglo XX

Nacimos desnudas, con un cerebro igual de capacitado que el de un hombre, pero no bastó. Se nos quiso modelar a la imagen y semejanza de la esclava perfecta. Una esclava que fuera como a ellos les convenía: un ser al que catalogaron de inferior y al que, al carecer de conocimientos, le dieron un vademécum al que no podía desobedecer ni en media coma. Y así nos criaron: nos han hecho a su gusto y exigencias. Lo que no calibraron las consecuencias. Porque si nos dicen que hemos de vivir para nuestro marido e hijos, que nos hemos de preocupar por ellos, si esa es la mayor premisa en la vida, parece como si cumplirla, fuera a su vez, pecado: el creador de la mujer perfecta se olvidó de que la esclava es humana y que viviendo su Gran Hermano particular, las cosas se magnifican:

  • ¡Mi mujer me controla! > ¿Pero no le pediste que tú fueras el icono sobre el que pivotase su vida?
  • ¡Mi mujer es una metomentodo! > ¿Pero no le dijiste tú que controlara el hogar?
  • ¡Mi mujer no me deja mi espacio! > ¿Pero no le pediste que estuviera pendiente de ti siempre?
  • ¡Mi mujer no me entiende! > ¿Pero no le pediste tú que no tuviera inteligencia?
  • ¡Mi mujer no quiere salir conmigo a solas! > ¿Pero no le pediste que fuera madre abnegada y que su descendencia fuera lo primero?

Pero podemos ampliar la lista a otros ámbitos:

  • ¡Las mujeres son unas envidiosas! > ¿Pero no le dijiste que su valía era ser la más hermosa?
  • ¡Las mujeres son unas frígidas! > ¿Pero no le enseñaste que una mujer no puede vivir por completo su sexualidad?
  • ¡Esa tía es una guarra! > ¿Pero no le pediste más esmero en el sexo?
  • ¡Las mujeres son unas derrochadoras! > ¿pero no le dijiste que sólo siendo bellas serían amadas?
  • ¡Las mujeres son unas cotillas! > ¿Pero no les despojasteis de todo entretenimiento? ¿A qué han de dedicarse entonces cuándo se encuentran con otras mujeres? ¿A cantar tus alabanzas?
  • ¡Las mujeres son unas egoístas! > ¿pero no les pediste que vivieran sólo para ti? Pues ella exige lo mismo para ella.

Obviamente esto no se puede aplicar de un modo general ni es así en todos los casos uno por uno, pero me parece gracioso esa predisposición a criticar las formas de ser de la mujer, que quizá de no ser por años y años de machismo, no existirían… porque…

  • ¿Si nos hubiéramos formado siempre en libertad…. No seríamos más inteligentes?
  • ¿Si no nos hubieran dicho que siendo hermosas nos amarían… no gastaríamos menos en ropa, maquillaje, productos faciales?
  • ¿Si nos hubieran dejado vivir nuestra naturaleza… no seríamos más fuertes?
  • ¿Si hubiéramos podido decidir nuestro rol en la vida… no hubiera sido todo distinto?

 

50 sombras de resignación femenina

Por lo que me han contado o he visto en la televisión, 50 sombras fue una inspiración de la trilogía Crepúsculo. Empezamos bien. Hay que comprender que para una fan de True Blood tan acérrima como es mío, Crepúsculo sea algo menos que un chiste. Las sombras pronto se denominaron “porno para mamás”, epíteto menos erótico, imposible. Se conoce que las mamás no ven porno o no al menos, las mamás americanas. O que al convertirte en mamá no tienes permiso para mirarlo. Lo que sea. Total, que unas novelitas es la excusa para que mujeres de medio mundo occidental descubran el sexo. O las fantasías sexuales. Mujeres que en su vida han pasado del misionero se desmelenan porque una mujer, mamá, lo escribe y de repente, está bien. Un ama de casa se desinhibe y como no es pervertido, es correcto. Hay dos cosas horribles en este hecho: primero porque se ha demostrado la cantidad de señoras que no han tenido una vida sexual plena y segundo porque ahora que la descubren, resulta que es sexo sumiso.

La mujer inexperta se pone en manos de un señor forrado (que además está buenísimo) y queda expuesta a su merced y voluntad. No hace más falta ver el tráiler. Una vez más la mujer es sometida, es aleccionada por un hombre, que la toma bajo su capa, que ni la de Luis Candelas. Lo interesante es que a muchas mujeres les ha encantado la historia. Sentirse dominada es una de las fantasías más recurrentes. ¿Qué cómo lo sé? No sólo porque lo he leído hasta la saciedad en las denominadas “revistas femeninas” sino porque al tener un blog, tengo acceso a cierta información privilegiada. Muchas personas llegan hasta mi bitácora escribiendo: me gusta que me violen. Creo que llegado este punto, y si me lee alguien que haya dicho esto, es conveniente aclarar que la violación es la relación sexual NO consentida. La violación ES una agresión sexual contraria a la voluntad de la persona agredida. Con lo cual, que te guste que te violen es algo sin sentido. Quizá lo que te guste sea que te dominen en la cama y de eso hablaremos después. Pero siguiendo con la sumisión en la cama, con todas las vertientes de esta idea de que las mujeres estamos más que dispuestas a ser sometidas por un varón de buena verga porque es lo que más deseamos en este planeta, decir también que hay quien llega a mi blog escribiendo: que ha violado a alguien (no sé qué pretende, si ya lo ha hecho, no sé qué consigue con esa búsqueda), que quiere violar a alguien (quizá busque consejo) o quienes quieren saber si a las mujeres nos gusta que nos violen (o lo más parecido a buscar si nos gustan que nos sometan aunque roguemos que no lo hagan.) Quienes han violado me dan mucho asco y ojalá reciban su castigo: los que quieren violar, ojalá os deis cuenta del error que pretendéis cometer, los que quieren saber si a las mujeres nos gusta ser violadas, la respuesta es no. Espero haber sido de ayuda.

sumisión

Aunque no me quito de la cabeza un concepto que en Historia siempre hemos escuchado de boca de algunos seductores y en las críticas hacia la sociedad de aquellas mujeres que pudieron escribir y que consiguieron que sus textos nos llegasen: la idea de que la mujer de buena cuna, la mujer respetable y de alcurnia va a decir que no a un caballero en primer lugar, para hacerse valer, porque es lo que una dama debe hacer. Siempre se ha visto bien que una dama reniegue de sus impulsos sexuales, que se deje llevar por el amor carnal. Una dama ha de rechazar y sus noes, son síes. Y de estos barros estos lodos: la idea de que la mujer reprime su instinto sexual por pudor se convierte con el tiempo en esa manida frase de “las mujeres cuando dicen que no es que sí”. Y ya tienes ahí a la caterva de depravados que bajo unas normas impuestas por ellos mismos, conforman el ideario femenino de nuestra sexualidad.

La cosa está en que no hay nada malo en que a una mujer le guste sentirse dominada en una relación sexual, siempre y cuando sea un rol pedido y aceptado por las personas implicadas y que dicha situación no traspase los límites que se establezcan. Hay tantas fantasías sexuales como personas en el mundo y mientras sean realizadas con libertad, consentimiento y deseo, no hay nada de qué avergonzarse. ¿Y qué problema hay en 50 sombras de Grey? Pues la pena de seguir perpetuando la idea de que la mujer cándida descubre el placer al entregarse a un hombre. Una mujer que no ha sabido descubrirse a sí misma y que no expone su voluntad en la relación, sino que se deja llevar. La mujer del siglo XXI ha de superar esta ignorancia de la sexualidad y aprender a no ser el jueguecito de nadie. La pena es que este repentino despertar femenino a las fantasías sexuales, se ha debido a una novela que da permiso a la mujer para fantasear: y da permiso bajo mi opinión por cómo es la autora. Si la misma trilogía la hubiera escrito, por imaginar, una actriz porno, no hubiera tenido ni la mitad de éxito. La pena es que en el siglo XXI las mujeres hayan empezado a hablar de sexo como si empezasen la casa por el tejado: pensando en la sumisión en lugar de ser ellas el foco de la revolución.

Así que si sumamos: que hay más de una generación de mujeres que no ha despertado al sexo (incluso teniendo hijos), que cuando lo hacen se descubren al sexo sumiso con un hombre en el rol dominante y que muchos hombres creen que pueden abusar de una mujer porque les va a encantar, te das cuenta de que seguimos con un problema enorme para conseguir na sexualidad plena, adulta y satisfactoria para la dignidad de todas las implicadas e implicados.

 

El síndrome de Solomon

Leo en El País un artículo en la sección de psicología titulado: el síndrome de Solomon. Este síndrome fue detectado años atrás, en un estudio (no os aburriré con los pormenores) donde las “cobayas” confirmaron lo que l@s antropólog@s, psicólog@s e prehistoriador@s llevamos años sospechando: la presión que el grupo ejerce sobre los individuos. Este estudio expuso que ante una respuesta obvia, una respuesta ante la que estamos seguras de ser cierta, podemos, como personas, decir otra respuesta para no desentonar en el grupo.

O lo que es lo mismo: se demostró que para ser aceptadas en el grupo, para no destacar, dudamos incluso de nuestros sentidos y apoyamos la respuesta mayoritaria del grupo para no actuar en solitario. El síndrome de Solomon se define como esas ocasiones en las que tomamos decisiones o adoptamos comportamientos para evitar sobresalir, destacar o brillar. También cuando nos boicoteamos para no salir del camino trillado por el que va la mayoría.

¿No os suena de algo? Sabemos que somos simios sociales, que no somos islas y que si tragamos con cosas que detestamos es en muchas ocasiones, para pertenecer al grupo. He llegado a conocer a personas, tanto hombres como mujeres, capaces de cambiar de opinión (o parecer que lo hacen) para no desencajar en el grupo, para estar en el grupo. Incluso cambiar su carácter en la presencia de un grupo y ser otra en el ámbito privado. La presión social es tan grande, las ganas de encajar tan fuertes, que las personas mentimos, o no nos sentimos libres de decir la nuestra. Todo por la integración. Todo, por como dice Elsa Punset, seguir la enseñanza de la manada.

La hierba que crece más alta que el resto hay que cortarla para que no desentone y se quede a la altura de las demás. Quizá sea ese el miedo de no contener nuestro pensamiento: el miedo a que nuestra cabeza sea segada.

Este estudio fue hecho por un psicólogo, varón (Solomon Asch) en 1951, pero… ¿no llevamos las mujeres toooooda la Historia escuchando esta cantinela? Nos lo han dicho, nos lo han dicho por activa y por pasiva: nos lo ha dicho la Biblia (quizá de una forma más bestia aún: la mujer no tiene voz ni voto con lo cual no hay forma de que destaque), nos lo ha dicho el cine (¿en cuántas películas la mujer calla para no destacar?), nos lo ha dicho la literatura: desde autoras femeninas, como Elisabeth Gaskell, cuya Molly de Hijas y esposas está continuamente mordiéndose la lengua porque las chicas no han de decir según qué cosas, ni pensar, ni mucho menos mostrar interés hacia el estudio o la enseñanza. Ni hablemos de ser una chica curiosa por querer leer o saber de qué va el mundo.

¿Tienes miedo a brillar?
¿Tienes miedo a brillar?

Lo que sucede es que en el caso femenino esa pesada losa ha caído con más fuerza que la simple presión de grupo. Me río yo de la presión de la presión de grupo de las “cobayas” del señor Asch. Las mujeres llevamos siglos sabiendo que nuestra cabeza no puede estar más alta que la de las demás: la presión del grupo es una presión de género que se extiende a mayores latitudes que el grupo social: porque a un hombre no se le va a tratar de “novio de”, Tania Sánchez ha sido mil veces etiquetada como “novia de”, porque la presión cae en forma de comparsa. ¿Y no sucede hoy día, incluso, que muchas mujeres casadas son la “señora de” su señor esposo y no al contrario? Ahí sigue la presión.

Y aunque esto parezca poco, que nadie crea que lo es: porque la presión social a la mujer ha hecho que muchas se vean presionadas para hacer una vida que ha de ser la feliz: buscar marido, buscar piso, buscar un bebé y someterse a la vida familiar. Sin rechistar. La presión social hacia la mujer crece y crece, porque la mujer no puede renunciar: no puede ser mala madre o mala esposa, no puede ser mala empleada. La mujer lo ha de ser todo. Y además estar buena. La presión de grupo se hace más y más grande y muchas mujeres no alzan su voz. Se estrellan bajo un cúmulo de deseos pisoteados por la presión que hacia su sexo se crea, incluso desde lugares ajenos a ella. Porque no necesitamos ya de una familia que nos recuerde que no tenemos novio, sino que cuando vayamos a cualquier empleo, muchos creerán que por ser mujer valemos menos y ejercerán sobre nosotras una presión que se rige en el simple hecho de ser hombre o mujer.

Sino, recordemos aquel momento en el casting de la segunda edición de Masterchef, cuando una joven aspirante vio como su padre le callaba la boca delante de media España diciendo que su hija no sería cocinera porque de mayor formaría una familia y tendría que cocinar para ella y no estar por ahí, a horas intempestivas.